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(si llegaste hasta acá googleando tu numbre/el de alguien que conocés personalmente, por el amor de Messi, te pido que te vayas)

estas son muchas historias irreales sobre personas reales. en su mayoría las historias que están acá son un archivo y un ejercicio constante para mí. siguen un hilo general y un tiempo real. las cosas pasadas son privadas y las recientes (por ahora) públicas.
rojodemivida: from forum (tenis)
en algún momento de 1885, posterior al encuentro en yatasto.
implied/pre-slash: belgrano/san martín. si, los próceres.
lo escribí para el bicentenario inspirada por lauchis que los shipeaba como yo, y ahora lo posteó a pedido ;). ah, y esta pintura de augusto ballerini sobre el encuentro mencionado es como el fanart de una otp =P. título de neruda.



.siempre estaremos solos, siempre estaremos tú y yo.


Manuel se da cuenta que lo que más recuerda es el abrazo.

Mientras trata de dormirse dando vueltas en la cama improvisada y donde el calor y los mosquitos se lo impiden se da cuenta de que nada le quedo tan marcado como los brazos de José alrededor de su propio cuerpo. Se acuerda de las palabras intercambiadas, de las ideas que le planteó el General, de las cosas que debería hacer… pero todos son vagos recuerdos, son sus propias interpretaciones de lo que pasó, su inconsciente modificándolo y adaptándolo para que no se olvide de detalles importantes, porque se trata de las tareas que tiene que cumplir, de cosas que no pueden ser cambiadas de orden o dadas vuelta en sentido. Pero el abrazo, eso se lo acuerda como si lo hubiese visto, como que una parte chiquita de él se hubiese desprendido del momento y parado frente a ellos para mirarlos.

Se acuerda de cómo se miraron desde lejos primero, sabe que él mismo se sonrío porque no podía creer que este momento finalmente hubiese llegado; era el encuentro con su héroe, con su general, con el hombre a quien le confiaba no solo su vida sino también su patria. Desde su severo semblante, José también le sonrío, a su manera, apenas una mueca, una bienvenida que hizo que los pasos de Manuel se vuelvan más ligeros para acelerar el encuentro. Y finalmente, el abrazo. Los brazos de José le rodearon el cuerpo, lo atrajeron contra él protegiéndolo de cualquier cosa que estuviese alrededor (Manuel creía que hasta lo protegerían de una balacera), sus propios brazos buscando como acomodarse contra el inmenso cuerpo del general, su pecho contra el de él, firme y dejando una única huella aún a través de la ropa que los separaba y su cabeza encontrando refugio contra el cuello de José, para que su oído oiga por primera vez una voz que su corazón ya conocía.


Manuel lo piensa una y otra vez mientras el sueño no llega, lo piensa mientras mira hacia el cielo deseando estar con José, donde sea que él este. Lo piensa y sabe que, aunque no lo vuelva a ver jamás, aunque solo queden entre ellos las cartas, ese abrazo va a ser suficiente para acompañarlo.